Abajo nuestro muros

Instrumentalización del feminismo, cultura del “postureo” y prácticas autoritarias dentro del movimiento libertario de Barcelona

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Algunos colectivos e individualidades libertarias de la Vila de Gracia nos hemos visto obligadas a organizar la respuesta a diversos conflictos y violencias que sufrimos desde hace años en nuestros entornos, que nos han puesto al límite, y sobre las cuales hemos estado interpeladas desde una falta de profundidad preocupante a la hora de abordar cuestiones relacionadas con las agresiones machistas.

Lamentamos profundamente el hecho de que hoy en día se repitan actitudes y agresiones machistas de diversas intensidades por parte de hombres en los entornos anarquistas, y volvemos a señalar, como tantas veces se ha hecho antes, que no importa el color político o la etiqueta que los agresores se autoasignen.

Son muchas las compañeras que han estado trabajando antes estas problemáticas tan graves. A pesar de esto, el objetivo de este documento es denunciar cómo actúan las relaciones de poder durante las gestiones o la ausencia de gestiones que los colectivos emprenden para combatir las violencias machistas en los círculos militantes.

En los últimos tiempos hemos vivido ataques, difamaciones, rumorologías, persecuciones, marginación, ostracismo y otras formas de maltrato, que han provocado problemas de salud mental a varias compañeras. Un entramado de violencias falsamente legitimadas a través de juicios públicos, aleatorios y arbitrarios, en los que se dictan sentencias condenatorias, punitivas y destructivas.

Hemos vivido vetos, personales y grupales, en espacios de nuestros barrios, tanto de ocio como de organización política. Vetos aplicados de forma pública, con toda la carga estigmatizadora innecesaria que eso comporta. Incluso hemos llegado a ver cómo intentaban vetar a compañeras militantes libertarias del bloque no-mixto de una manifestación feminista.

Hemos vivido la ejecución de vetos por correo electrónico y por Twitter. Se nos notificaban por sorpresa, sin que nadie se responsabilizase de ello y sin absolutamente ninguna gestión previa ni posterior. Las ejecutoras alegaban motivos sobre hechos materiales que hemos corroborado que nunca han sucedido y que ni ellas mismas se habían preocupado de conocer. Hemos vivido cómo algunas asambleas, antes afines, decidían romper relaciones con nosotras.

Hemos visto expuesto en comunicados públicos el nombre de compañeras a las cuales ni siquiera se acusaba de agresión, así como el nombre de colectivos donde algunas militábamos, sin tener en cuenta el riesgo represivo que esto supone. Hemos visto cómo se nos amenazaba con ser difamadas por redes con afirmaciones que la misma autora nos reconocía que eran falsas, si no satisfacíamos sus exigencias.

Hemos asistido a asambleas donde no hemos tenido la oportunidad de expresarnos, mientras soportábamos burlas y menosprecios. Hemos recibido agresiones verbales públicas de hombres, que se sentían con la asquerosa legitimidad de exhibirlas sin saber nada de lo que pasaba, por el simple hecho de ponerse el “pin feminista” y ganar aceptación social.

A pesar de todo lo que hemos expuesto, durante más de dos años hemos mantenido la voluntad de gestionar colectivamente el conflicto. Hemos hecho varios intentos de aproximación, y todos han sido rechazados desde la prepotencia. Hemos participado en asambleas de mediación con algunos colectivos libertarios del barrio, en las que la otra parte decidía entrar o salir del proceso supervisado siempre que le convenía, sin ningún tipo de voluntad de progreso, para después boicotear la gestión intimidándonos en encuentros fortuitos en la calle o en espacios militantes.

Creemos que todo este continuo de violencias no se da como una suma de casualidades aisladas, sino que responde a un sistema del miedo construido sobre una cultura del postureo, que pretendemos exponer en este documento.

No queremos ni podemos mantenernos impasibles

El origen del conflicto se remonta hasta hace más de tres años, y se da a partir de unas acusaciones relativas a la gestión de las violencias machistas ejercidas por un militante de la Assemblea Llibertària l’Oca de Gràcia, que a partir de los hechos fue expulsado del colectivo.

No es nuestro propósito recoger aquí todos los acontecimientos que hemos vivido desde entonces, sino que queremos ofrecer el testigo de una serie de violencias derivadas de este primer conflicto, manipulado y sobredimensionado por la rumorología generada, que actualmente todavía se ejercen sin ningún miramiento, incluso sobre personas absolutamente ajenas a las acusaciones iniciales.

Al final del texto, sin embargo, facilitamos nuestra dirección de correo con tal de poder hablar abiertamente sobre las acusaciones originales con los colectivos que expresen su interés en hacerlo.

Hoy en día nos encontramos totalmente sobrepasadas y en una situación límite. Hemos llegado a un punto en el que hemos tomado la determinación de no acatar más vetos sin gestión previa. Es a partir de nuestra desobediencia cuando ha empezado una guerra abierta contra nosotras, atizada por una cúpula de poder que hasta ahora actuaba con impunidad dentro de los movimientos sociales.

Con tal de contextualizar nuestras razones, queremos explicar los últimos episodios del conflicto como ejemplos (aunque hay más) de una persecución interminable, pesada y angustiante.

Los hechos del 16 de marzo

El sábado 16 de marzo asistimos a un acto en una casa okupada del barrio de Gracia dos mujeres: una militante de la Assemblea Llibertària l’Oca de Gràcia y una individualidad afín. Al cabo de pocos minutos de estar ahí, intentamos acceder al patio, pero un grupo de unas cinco mujeres se interponen para impedirnos la entrada. Nos expresan que una de ellas –a la que nos referiremos como β por motivos de seguridad, así como evitaremos nombrar su Asamblea, por respeto a ésta– se siente incómoda con nuestra presencia, y nos invitan a irnos. Preguntamos los motivos y β nos contesta que nos veta porque una de nosotras forma parte de l’Oca de Gràcia y la otra ha compartido el comunicado de Proyecto X en su perfil de Facebook personal.

No es la primera vez que, con pretextos y justificaciones similares, nos veta de los espacios que le parece, y ejerce descaradamente su rol de poder sobre otras compañeras. Conocedoras y víctimas directas de las prácticas de esta persona, nos negamos a acatar el veto por improcedente, por vertical y por absurdo.

Frente a la inverosimilitud y la agresividad de los ataques, abiertamente misóginos, llegan más compañeras. A partir de entonces, el linchamiento deja de dirigirse hacia las dos mujeres y se vuelva contra un compañero. Hay que aclarar que β no está en primera línea del conflicto, sino que se sitúa detrás de unas veinte personas, que nos arrinconan contra una esquina de la sala. Estalla entonces un intercambio de insultos e improperios sobre el cual asumimos nuestra parte de responsabilidad. No nos enorgullecemos de las acusaciones que formulamos en el momento, pero en ningún caso amenazamos con agredir físicamente a nadie. Algunas de las acompañantes de β, por otro lado, intentan golpear al compañero. Nada justifica la violencia del ataque recibido.

A cada intento fracasado de establecer diálogo se confirmaba que la mayoría de las que nos señalaban desconocían los conflictos previos. Cuando pedíamos que de qué nos acusaban, o no sabían responder o nos lanzaban acusaciones difamatorias, las cuales se autodesmentían entre ellas mismas. El relato era inconexo, incoherente y tergiversado. Ninguna de las presentes podía justificar el veto que se nos aplicaba. A continuación, hicimos saber que nos iríamos si también lo hacían las promotoras de la disputa. En este punto, las organizadoras decidieron suspender el evento y hacer efectivo el veto, y dos hombres nos echaron fuera a empujones mientras la mayoría de las presentes coreaba “¡FUERA, FUERA!”. β y su grupo se quedaron dentro del espacio instigando el escarnio.

Finalmente, como cómputo global, doce personas, seis de ellas mujeres, son vetadas y agredidas verbal y físicamente, dos de ellas sufren ataques de ansiedad, la totalidad de las presentes son visiblemente violentadas y el acto es clausurado. Todo en nombre de la comodidad de una persona.

Queremos expresar que lamentamos el desarrollo de los hechos y el impacto que ocasionó el conflicto sobre un acto en el que también nos sentíamos interpeladas.

La asamblea del 21 de marzo

El jueves siguiente había programada una asamblea para hablar de otro veto precedente. El mes pasado, la coordinadora del 1 de mayo libertario deja de invitar a la Oca de Gràcia a partir de la incomodidad que β tiene con el colectivo. Ésta acusa a tres compañeras de acorralarla e intimidarla, para forzar el posicionamiento del resto de miembros del espacio.

Posteriormente, la asamblea de β convoca una reunión, que plantea como espacio de “diálogo y curas” y llama a la participación de los colectivos implicados. Finalmente, se celebra el día 21 en un espacio liberado de Gracia.

Sin que la otra parte haya concretado los temas a hablar y después de que nos confirme el sitio de encuentro a última hora, nos presentamos en el espacio acordado. Al cabo de una hora de espera, llega β acompañada, por sorpresa nuestra, de más colectivos e individualidades de las formalmente invitadas, en una clara demostración de fuerza.

Llevamos una propuesta de orden del día que habíamos preparado como si se tratara de una asamblea de resolución de conflictos. Proponemos una moderación de colectivos externos a los conflictos que intenten garantizar la mayor imparcialidad posible en el transcurso del encuentro y en la recopilación de las reflexiones que se recojan.

Entonces β toma la palabra y dice que antes de los hechos del 16 de marzo tenía intención de hablar, pero que ahora ha decidido redefinir la reunión como una “asamblea informativa” unidireccional, que tiene como finalidad que ella nos comunique que “voy a seguir pidiendo el veto allá donde os encuentre”.

Pretende obligarnos a acatar todos los futuros vetos que pida, con la opción de dar credibilidad a sus mentiras como única posibilidad de “redimirnos”.

Quince minutos de “asamblea” en total, durante los cuales en ningún momento se nos reconoce como interlocutoras ni se nos concede derecho a réplica. β da por terminada la reunión con un sentenciador “pudríos en vuestro barrio”, mientras ella y la gente que había traído se levantan y se van.

Las militantes y afinidades de la Oca de Gràcia continuamos la asamblea con los colectivos e individualidades que estaban inicialmente invitadas. Descubrimos entonces que la reunión no era cerrada como pensábamos, sino que β y su entorno habían hecho una convocatoria por whatsapp a todos sus círculos, acompañada de un nuevo texto difamatorio en el que se victimizaban y en el que figuraban nombres de compañeras.

Observaciones a propósito de la asamblea del 21 de marzo

En primer lugar, señalamos que se nos convocó a la asamblea con falsos pretextos: el de que tenía que ser un espacio cerrado de “diálogo y curas” –en sus palabras– no era ni una cosa ni la otra. Acudimos engañadas, porque las convocantes consideraban que teníamos que presenciar obligadamente sus enunciados despóticos.

La Oca de Gràcia, que también contaba con el acompañamiento de algunas individualidades afectadas concretas que a priori no estaban invitadas, había informado pertinentemente de esto al resto de colectivos asistentes. Que la convocatoria de la asamblea fuera abierta exclusivamente al entorno de β, para así asegurarse una participación favorable, es una nueva demostración de poder, y otra farsa en la construcción de esta emboscada.

El hecho de que nos hicieran esperar una hora de reloj a todas las presentes, para después llegar, sentarse y comenzar a difamar y amenazar y, al cabo de quince minutos, negando cualquier réplica, levantarse e irse, vuelve a expresar el talante autoritario de esta persona y su grupo.

Uno de los argumentos que espetan para convencer a sus entornos es que nosotras llevamos “el discurso de las denuncias falsas”. Pero esto es otra difamación. No saben qué discurso llevamos porque nunca lo han querido escuchar y ninguna de las veces que hemos intentado hablar han estado dispuestas a gestionar nada.

Durante la asamblea nos dicen que hemos cometido diversas agresiones, y que por su parte ha habido tres intentos de dialogar. Estas “invitaciones al diálogo” son mensajes de móvil en que una compañera de β insulta y amenaza a una compañera nuestra. Intimidaciones que se han repetido efectivamente tres veces, a pesar de que la única respuesta de nuestra compañera, desde el primer mensaje, fue cortar de raíz y pedirle expresamente a esta persona que no volviera a increparla. Frente a nuestra estupefacción, la misma autora de los acosos se refirió a éstos en la asamblea como “intentos de diálogo”, en un enésimo ejercicio de victimización.

También acusaron a otra compañera de “gesticulaciones” para justificar el hecho de haberla vetado de varios espacios y querer seguirlo haciendo: “te pedí que no me indiques, no me grites, no me gesticules”. Penalizar de forma absolutamente desmedida a una persona porque no te gusta cómo se expresa es una forma de tone policing, una técnica de manipulación que busca silenciar los argumentos que expone una persona a partir del tono en el que los verbaliza, obviando el contenido del mensaje y negando toda carga emocional.

Las injusticias no se combaten pidiendo permiso ni disculpas, pero aun así mantuvimos bastante la compostura delante de gente que pretende hacernos desaparecer. Si gesticular en un momento de impotencia es motivo de veto, ¿qué no lo es? Esto no es otra cosa que un abuso intencionado de esta herramienta, y así lo denunciamos.

Por otro lado, queremos manifestar las contradicciones que β presenta en su relato. Afirma que antes de los acontecimientos del 16 de marzo sí que había una voluntad real de diálogo por su parte, mientras que simultáneamente pedía vetos allí donde fuéramos, y dinamitaba de esta manera cualquier puente. Esto nos hace pensar que, cuando habla de voluntad de diálogo, lo que quiere expresar es la voluntad de darnos la oportunidad de someternos y rendirle vasallaje.

Ahora, en cambio, con motivo de los hechos del 16 de marzo, afirma que no tiene ningún interés en escucharnos y nos amenaza con movilizar todas sus afinidades para atacarnos. Reafirma su actitud presuntuosa cuando utiliza expresiones como “somos muchas más” o “no hemos venido todas porque no hemos hecho la reunión en Sants”, y cuando se presenta en una asamblea con toda su cuadrilla como quien queda en un descampado para pegarse. Se ha dado cuenta de que no acataremos, y vino a dejar constancia de que su objetivo es la destrucción de nuestros colectivos y nuestro entorno: la muerte política y social de todas nuestras compañeras. Pero nos encontrarán dispuestas a defender nuestras vidas.

DENUNCIAMOS

1. Las jerarquías y roles de poder existentes entre individuos y colectividades en los entornos anarquistas

La existencia de roles de poder de algunas personas concretas en el seno de los colectivos es una realidad bien sabida por todas, pero contra la cual, a pesar de que a veces se han alzado algunas voces, en contadas ocasiones se actúa.

En estos últimos tiempos hemos podido escuchar a algunas compañeras que nos alertan sobre la existencia de un entorno que opera informalmente como la vanguardia del feminismo de Barcelona. Esta cúpula fundamenta su autoridad en el capital social acumulado a fuerza de ostentar una pose militante y actitudes y roles autoritarios en asambleas. Sólo quien domina ciertas habilidades “sociales” y se siente como pez en el agua en un mundo de máscaras, narcisismo y manipulación es capaz de acumular este poder, sustentado obviamente en el capacitismo.

La Cúpula se confiere la facultad de clasificar los feminismos entre válidos y no-válidos. Da por supuesto que hay un feminismo superior al resto y que la palabra de una mujer vale más que la de otra a pesar de compartir la misma opresión. Desde esta posición vertical, arrastra a las compañeras a participar en una carrera absurda para ganar su aprobación, y evitar las consecuentes represalias.

Hemos recibido amenazas y soportado repetidamente “matonismos” por parte del mismo entorno de personas, que actúa como lo hacen los bullies en el patio del colegio, contra personas vulnerables o neuroatípicas y sin ningún rastro de perspectiva interseccional. Organizan acosos y escarnios a gran escala, en el ámbito de los barrios y movimientos enteros. Demonizan a compañeras por redes, a las que luego se margina políticamente y se niega la vida social a través de los vetos en espacios políticos y de ocio. No tienen ningún tipo de empatía ni escrúpulos a la hora de infringir linchamientos que generan consecuencias emocionales extremas.

Somos muchas las individualidades y colectivos que hemos sufrido prácticas persecutorias y represivas por parte de este círculo, todas ejercidas desde el poder que les da un uso tergiversado de discursos muy presentes dentro de los movimientos sociales. Denunciamos el uso y abuso de un sistema de castigo que aplican con la dureza ejemplarizante propia de las instituciones de la justicia punitiva contra las que nos rebelamos.

Las personas de la Cúpula se sirven de herramientas colectivas para satisfacer intereses personales y hacen exigencias perversas con la desvergüenza de aquellas que se sienten poseedoras del poder para hacerlo. Cada demanda, más atrevida que la anterior, es una demostración de fuerza que busca corroborar su ridícula posición de superioridad moral e intelectual. Si la exigencia se satisface, se reafirma su poder tanto sobre las que actúa, como sobre su propia imagen.

Otros ejemplos claros de autoritarismos perpetrados por este entorno de personas, de los que somos conocedoras de primera mano, aparte de los expuestos al principio de este documento, son:

– Obligar a los colectivos asistentes a una asamblea a posicionarse sobre un caso sin ser conocedoras de los hechos y exigiendo un tiempo límite para responder, bajo la amenaza de vetarlos también.

– Elaborar listas negras de personas y colectivos a los que vetar en futuros espacios y acciones.

– Espiar el perfil de redes sociales de compañeras para organizar persecuciones ideológicas –como en el caso de la persona vetada por compartir un documento de compañeras libertarias como Proyecto X–.

– Imponer tempos y resoluciones a la hora de gestionar conflictos que se dan en espacios donde no participan.

– “Invitar” a militantes de su propio colectivo a abandonar la asamblea por haberse atrevido a cuestionar la manera en la que actúa en relación a la gestión de este conflicto.

Comprobamos que, como cada vez que no estamos suficientemente alerta, se interioriza la estructura mental del Estado con una naturalidad peligrosísima. Estas personas se han autodesignado jueces y verdugos de conflictos ajenos, fuerzas armadas de los espacios de organización política y de ocio y policías del pensamiento que persiguen la disidencia. Reproducen con implacable dureza unas intraviolencias que nos martirizan y nos llegan a perjudicar más de lo que lo hacen las mismas violencias del sistema contra el que luchamos.

2. El uso abusivo de la herramienta de los vetos y el despotismo de la “comodidad”

El razonamiento que establece un imperativo colectivo de velar por la comodidad de las mujeres, lesbianas y trans en nuestros espacios es ambiguo porque a menudo no se puede dar respuesta a la multiplicidad de necesidades en términos de comodidad de todas las personas. Es una tarea imposible; la comodidad de cada una no se puede cuantificar ni se puede jerarquizar sin incurrir en contradicciones. Prueba de esto son los hechos del sábado 16; seis mujeres, con sus propias nociones de comodidad, fueron expulsadas físicamente entre insultos y cánticos de burla para garantizar la comodidad de una sola.

Garantizar la seguridad de las personas que participan en nuestros espacios es una responsabilidad de todas; ¿es sin embargo la comodidad (que no seguridad) una responsabilidad igualmente colectiva? En ningún caso creemos que el veto sea la manera de resolver el debate.

Se da una instrumentalización del discurso de las curas que genera en el establecimiento de jerarquías relacionales entre mujeres, lesbianas y trans, en las cuales para preservar la integridad emocional de algunas, hace falta pisar la de otras. ¿El monopolio de la comodidad es el nuevo monopolio de la violencia?

Queremos poner especial énfasis en la contradicción de usar los vetos contra mujeres que no han agredido ni suponen ningún peligro. Lo que se ha concebido como una herramienta para garantizar espacios seguros y libres de violencia machista se usa para perpetrar violencia contra ellas. Vetar a mujeres que, lejos de representar ninguna amenaza, son compañeras y víctimas de las mismas violencias patriarcales cotidianas, no tiene ningún tipo de sentido. Es una incoherencia grotesca.

En este caso, el autoritarismo, al cual se suma la irresponsabilidad, conduce a una apropiación de la legítima autodefensa organizada. La instrumentalización de los vetos va en detrimento de aquellas que requieren esta herramienta para garantizar su propia seguridad.

3. Las difamaciones, las acusaciones y las mentiras

La desinformación relativa a los vetos es un mal generalizado entre los colectivos. El sábado 16 lo corroboramos por enésima vez; todas las que, en primer lugar, no nos supieron explicar a qué se debía la aplicación del veto, más adelante no sólo lo harían efectivo, sino que participarían activamente al linchamiento público que se permitió.

Esta forma de proceder es representativa de cómo se abordan algunos conflictos atravesados por las opresiones de género en nuestros espacios: opacidad, dogma y superficialidad.

También queremos señalar cómo el boca a boca genera una rumorología que tiende a demonizar a las personas inicialmente acusadas y a salpicar a nuevas. Del “bulo” se hace condena, de las acusaciones se hace dogma; se magnifican así las dimensiones del conflicto, se agravan las acusaciones y se imposibilita cualquier intento de gestión interna y, por tanto, toda eventual resolución.

Nuestro caso es especialmente paradigmático de este modus operandi: hemos sufrido un juicio público, en el que se ha condenado tanto a colectivos como, en algunos casos, a personas concretas, al aislamiento político y social. Un escarnio interminable, que hoy en día todavía sufrimos, que incluso afecta a personas absolutamente ajenas al conflicto inicial y que entendemos como un castigo desmesurado y motivado por la voluntad de la Cúpula de destruirnos, y demostrar así su autoridad.

4. La superioridad moral en los feminismos

Se ha instrumentalizado el conflicto, se nos ha hecho cargar

con el estigma de machistas para que aquellas que ponen los estigmas se sientan más y mejores feministas. Han construido su feminismo en contraposición a los nuestros; han buscado en nuestro descrédito su fuerza. Se han erigido como la guardia del “buen feminismo”, el feminismo válido. Nos han menospreciado y silenciado desde el primer momento, nos han negado la autogestión de nuestros propios conflictos. Nunca ha habido un acercamiento a las mujeres que trabajamos en las acusaciones. Ninguna muestra de interés para conocer en qué punto estaba la gestión, qué trabajo habíamos hecho. Ningún intento de escucharnos antes de dictar sentencia: invisibilización y paternalismo.

El cuestionamiento de nuestros feminismos ha estado presente de manera implícita y explícita en el desarrollo de estos tres años de conflictos. Sin embargo, el sábado 16, la Cúpula se extralimitó en sus habituales juicios: diversas compañeras fueron víctimas de violencias instigadas por ella y perpetradas por las que asumieron, desde la ignorancia de los hechos, el papel de secuaces.

Insultos de carácter putofóbico, forcejeos, empujones e intentos de agresión física, por habernos atrevido a asistir a un espacio donde también estaba β. Penalizar con estos niveles de violencia la simple presencia de dos compañeras porque la entendían como un desafío –en su marco mental binario del “conmigo o contra mí”–, supera el usual cuestionamiento y el trato condescendiente que siempre nos han dedicado. La Cúpula nos sitúa abiertamente en la línea enemiga, ni más ni menos que al lado de los agresores machistas.

5. La complicidad y corresponsabilidad colectiva

El poder existe en tanto que lo reconocemos. La autoridad de una cúpula reposa en la obediencia de quien aspira a formar parte y el silencio del resto. Por miedo a ser estigmatizadas, las militantes llegan a actuar contra sus principios éticos y políticos. Es así como funciona cualquier estructura de terror. Quien actúa desde la desinformación, corre el riesgo de convertirse en ejecutor de injusticias y abusos. Quien acata órdenes sin cuestionarlas puede convertirse en cómplice de los crímenes más horribles. Señalamos la corresponsabilidad de buena parte de las personas y colectivos cercanos que, conscientes de lo que pasa, se desentienden o perpetúan directamente el dominio, y cogen así –queremos esperar que, de manera insconsciente– el rol que la banalidad del mal les confiere.

Expresamos la necesidad de que las individualidades y los colectivos antiautoritarios dejen de aplicar la violencia de los vetos para lavarse las manos y se impliquen en la gestión de los conflictos que los interpelan. Ningún veto es constructivo per se, por lo cual entendemos que no puede ser un fin en sí mismo, sino que un parche temporal, una herramienta en una situación de necesidad urgente en la que no ha proliferado una gestión previa. Consideramos un veto como una prisión temporal, y una solución autoritaria no deseada –que, en nuestro caso, además, se usa para aplastar la disidencia– que se aplica como último recurso. En todos los casos, se tiene que trabajar para llegar hasta ahí.

En otros términos, también queremos responsabilizarnos de estas palabras haciendo explícito que no queremos que ningún agresor que las lea instrumentalice este documento y justifique sus actos machistas basándose en alguno de los argumentos que aparecen.

6. Los suplicios públicos y los mecanismos de terror

La estrategia de fondo que sigue la Cúpula no es ni más ni menos que la clásica política del terror. Escogen un objetivo –una persona, un colectivo, un espacio– y lo destruyen públicamente. Pero atacarlo no es una finalidad en sí, sino simplemente un medio: la motivación que las empuja a montar sus círculos de odio no es castigar a la persona o grupo concretos, sino instaurar el miedo al resto. Que el objetivo sea culpable o no ni siquiera es relevante, lo importante es que lo parezca. Por eso buscan víctimas suficientemente visibles para que todo el mundo pueda contemplar su sufrimiento, pero a la vez en una situación suficientemente vulnerable para que no puedan defenderse.

En la Edad Media era frecuente la práctica de los suplicios, que eran (o son) sesiones de tortura y ejecución de condenados celebradas en la plaza del pueblo, a la vista de los súbditos. En aquella época el poder del Estado estaba poco consolidado y le faltaban los recursos que tiene hoy en día para hacerse valer (policía, etc.), por tanto le era imposible perseguir y castigar a todo aquel que incumplía la ley. Por eso, de vez en cuando cogían a alguien más o menos al azar y lo martirizaban públicamente.

El mensaje para el pueblo tenía diversas lecturas. Supuestamente, el concepto que transmitía era “no delincáis o recibiréis”; el paralelismo en el contexto del régimen de la Cúpula sería la idea de “no agredáis o recibiréis”, que podría parecer deseable. En ambos casos, sin embargo, la lectura real no tiene nada que ver con la voluntad de delinquir o de agredir, sino con una cuestión de poder, y la lección de fondo es la misma: “quien se atreva a desobedecer el poder del rey –o la reina– será brutalmente castigado”.

El público de los suplicios medievales aplaudía el espectáculo del dolor ajeno, como hoy acepta y participa acríticamente de los vetos entre cánticos de “¡Fuera, fuera!”. No se trataba ni se trata del entusiasmo de quien piensa “qué bien que nos hemos deshecho de este criminal/agresor”, sino quizás de la falsedad de quien suspira aliviado “qué suerte que no me ha tocado a mí”.

7. La deshumanización y el victimismo de los verdugos

Con tal de justificar de cara a la galería el uso de prácticas abiertamente crueles contra alguien, en primer lugar hace falta desactivar la empatía innata que sentimos hacia el resto de personas. Esto se hace deshumanizando al enemigo. Así, la eliminación violenta de éste queda legitimada porque al fin y al cabo son ratas, monstruos, escarabajos, ilegales, una plaga, etc. En el caso de la Cúpula, colgarle a alguien el estigma de “agresor” o “cómplice” es el medio para que las consideraciones éticas hacia esta persona queden en suspenso. Podemos ver ejemplos de esto en el texto de respuesta a un comunicado del Ateneu Llibertari de Gràcia que critica precisamente la ferocidad de los medios en los movimientos sociales, en el que las autoras hacen afirmaciones como “lo que les pase a los hombres respecto a nuestras decisiones nos puede importar, o no” y dejan ir perlas como “el veto no es lo peor que os podemos hacer”.

Simultáneamente, desde siempre los verdugos han tenido la perversa habilidad de presentarse como si las víctimas fueran ellos. El victimismo es un arma de poder muy peligrosa, que permite manipular y dar la vuelta a los hechos. Así, desde la Cúpula afirman que “no tolerarán ninguna situación violenta más hacia ellas por nuestra parte”, cuando las iniciadoras de las violencias reiteradas contra nosotras son ellas, y se alimentan de argumentos similares para justificar nuevos abusos, que también reconstruirán como “respuestas a ataques recibidos”.

A menudo hemos podido observar cómo, para captar más la atención y obtener poder, tergiversan las descripciones de momentos para que parezcan más hirientes hacia ellas, y en algunos casos se inventan desde cero hechos materiales que nunca han existido.

El victimismo es un arma de doble filo porque no sólo es vil y degrada la ética de las personas, sino que las sitúa en un autoengaño que utilizan para desresponsabilizarse de todo. Un claro ejemplo de esto es cuando la Cúpula exige que aceptemos unas agresiones si queremos abrir un espacio de diálogo, pero en ningún caso se plantean qué tienen que asumir ellas, desde su aura de perfección y soberbia. Afirman que una agresión se da cuando una persona se siente agredida, pero no están dispuestas a contemplar la responsabilidad de que alguien se sienta agredida por ellas.

Por una gestión libertaria de los conflictos de género y las agresiones machistas

Somos plenamente conscientes de que todas hemos sido socializadas en el mismo sistema heteropatriarcal. Todas hemos tenido actitudes machistas. Seguimos teniendo conocidos, amigos y familiares que las muestran. En ocasiones todas hemos sido tanto agredidas como agresoras, también en entornos no-heteronormativos. En consecuencia, si los vetos se tuvieran que aplicar a todas las personas agresoras, el movimiento libertario se quedaría sin individuo, por lo tanto, dejaría de existir.

La crítica que hemos querido hacer en este documento no recae en una visión simplista de “vetos sí” o “vetos no”, sino que pretende enfocarse en cómo, cuándo, por qué y por parte de quién se gestionan algunas agresiones y en las consecuencias de estos procesos, vistos desde el prisma de nuestra propia existencia.

Nosotras apostamos por una gestión libertaria que, como tal, no puede pasar por una solución que implique construir prisiones sociales y morales para encerrar personas. Tampoco creemos que haya individuos buenos o malos per se, sino que todas somos productos de una educación patriarcal, y, por tanto, es nuestra responsabilidad trabajar para borrar la huella que ésta ha dejado sobre nosotras.

Conocedoras de que aún no tenemos las suficientes herramientas para establecer modelos libertarios que permitan afrontar casos tan complejos, trabajamos para adquirir más saberes y así poder llevar a cabo unos procesos de gestión más responsables. De la misma manera en que creemos en la acción directa contra la especulación y llenamos de vida casas vacías y boicoteamos la maquinaria que pretende derribarlas, también queremos llenarnos de feminismo y dotarnos de herramientas colectivas que se dirijan a un objetivo por el cual valga la pena luchar. La acción directa se basa en el conocimiento de aquello que queremos destruir, para construir de nuevo sobre los escombros. Y en eso creemos y por eso apostamos.

Contra vuestra autoridad, nuestra insumisión

Nos habéis anihilado, humillado y silenciado. Hemos malgastado los últimos tres años intentando huir de vuestras prisiones. Habéis paralizado proyectos políticos enteros y, con vuestras persecuciones, habéis robado miles de horas de las vidas de decenas de militantes, no sólo las que habéis señalado, sino las de todos los colectivos que se han visto involuntariamente inmersos en los conflictos que habéis creado. Habéis roto amistades. Nos habéis quitado la salud, la alegría y la ilusión.

Nos defenderemos, desde la rabia y el menosprecio al despotismo del postureo. Lucharemos hasta el final para derribar los pilares de poder que construís con la excusa de atacar el patriarcado, ejecutado a través de vuestras estructuras policiales y las persecuciones ideológicas, judiciales y punitivas que habéis organizado. No permitiremos que cultivéis el germen de ningún pseudoestado “revolucionario” dentro del movimiento libertario.

Hemos aguantado vuestras sonrisas sarcásticas mientras nos causabais dolor sólo por el placer de tener el dominio; hemos soportado vuestras repetidas demostraciones de poder, que nos han causado una profunda indigestión, náuseas y rechazo.

Frente a cada agresión, cada humillación, cada difamación, nos encontraréis dignas y firmes. Nos defenderemos con toda la fuerza que la intolerancia a la sumisión nos da. Frente a la cobardía de quien confabula en contra nuestra desde la sombra, no retrocederemos.

Luchamos contra todas las expresiones de machismo, a la vez que trabajamos por un feminismo libertario e interseccional, que nos interpele y nos represente.

No permitiremos ninguna orden ni imposición, ninguna forma de subyugación de nuestras ideas, ni ningún discurso aniquilador del espíritu crítico.

Conocedoras de que ésta es una lucha de vida o muerte social, seremos trinchera. Combatiremos toda noción de superioridad y toda praxis autoritaria, porque éste es el sentido primero y último de nuestras militancias y de nuestras vidas.

Contra toda autoridad, construimos alternativas libertarias.

Vila Desgràcia, 28 de marzo de 2019

*Emplazamos a los individuos y colectivos a gestionar las peticiones de posicionamiento con sus propias herramientas y criterios. Consideramos que las redes no son el canal apropiado para tratar en profundidad las cuestiones concretas sobre procesos de gestión particulares, por eso ofrecemos la posibilidad de reunirnos con quien lo considere oportuno para abordar los casos pertinentes.

Para concretar espacios de encuentro, escribidnos al correo basurerxs@riseup.net

6 comentarios sobre “Abajo nuestro muros

  1. prácticas estalinistas a la hora de tomar los problemas, acusando y señalando públicamente, dejando a merced de los aparatos represivos del Estado que supuestamente dicen atacar, poco faltaba para un cartel del estilo wanted como en el lejano oeste. La infiltración de los movimientos sociales no es algo nuevo, y sabiendo que hace pocos años se abrió pandora, rompieron una piñata, aquí se reúnen elementos para los cuales debe estar despierto el anarquismo.

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  2. Despotismo, distorsión de la realidad, psicopatia y crueldad es lo que denota este comunicado. Inventais los echos, omitis todas vuestras acciones.
    Vosotros sois el cancer que invade los movimientos libertarios, no necesitamos stalos, secretas ni vox con vosotros lOca desGràcia o ¿Proyecto X?

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  3. Un saludo y un abrazo! Estamos compartiendo con muchas personas este escrito y pensamos que sea una cosa muy importante en este momento. Personas que se definen anarquistas y se ponen parches feministas censuran por todas partes lo más posible este tipo de información, entonces compartir, porqué la misma dinámica sé esta repitiendo y algunxs no quieren parar de actuar así!

    Que no se apoderen del anarquismo nunca estxs autoritarixs!!!

    http://alasbarricadas.org/noticias/node/41054

    https://collectiunoianegra.wordpress.com/

    Me gusta

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